No es fácil encajar momentos de la vida como la muerte de un ser querido. Hoy he tenido que pasar por semejante experiencia. En el curso de nuestra existencia somos puestos a prueba en multitud de ocasiones y, al menos en mi caso y con toda franqueza, puedo decir que no resulta fácil. Las fuerzas que me llevan a escribir estas líneas son las mismas que me inspiran la imagen de esta persona tan querida para mi: yo no soy tan valiente como él, y dudo que pueda serlo algún día. Pero el saber que, a pesar de que desde hace muchos años padecía un cáncer, esa maldita pandemia, no es lo mismo recibir tan terrible noticia como esperar lo que pensarás el día que se produzca el desenlace. Recuerdo a esta persona tan querida para mi como alguien jovial, enternecedor, bueno como no puede haber dos. Por esta razón escribo estas líneas: porque estoy convencido de que en esta vida lo importante es ser bueno. Desde que somos niños, en la cultura occidental se nos educa en la disciplina, la corrección, el buen comportamiento, … etc, etc.
No voy a establecer comparaciones, pero, al menos en mi caso, el ser creyente ayuda. Te hace mejor, más humilde, más clarividente. Pienso que éso se puede extender a muchos aspectos de nuestras vidas. Por ejemplo, ahora que según dicen en nuestra querida patria que atravesamos por dificultades extraordinarias, un clima de entendimiento, de comprensión, de reconocimiento hacia las razones del otro es un buen punto de partida. Decía Descartes en el s. XVIII aquello de ” cogito, ergo sum “. Yo diría que en el siglo XXI el principio de toda filosofía debería ser amo, luego existo. Sí, sí, tal y como lo oyen. Porque si algo tenemos que aprender los humanos es que somos nuestros errores y, sobre todo, nuestros aciertos. Encerrarse en uno mismo, como lamentablemente nos obliga a estar el mundo actual, es poco edificante.
Dice Mijail Jodorovsky – discúlpenseme los errores ortográficos – que la neurosis que caracteriza a nuestras sociedades es lo que conlleva al consumismo y la violencia. Y es verdad. Esta experiencia tan tremenda me ha enseñado una lección como pocas he podido recibir en mi existencia: sé comprensivo, ábrete al mundo, no te encierres en abstractos inútiles que te pueden conducir a un error fatal; el ansia de paz no tiene por qué estar reñido con valores tan humanos como el derecho a defenderse. Pero éste se puede ejercer de muy diversas maneras: a pesar de la línea que he decidido adoptar en este “blog”, hoy he tenido una experiencia valiosa: la crisis económica nos ha llevado a una fuga de cerebros. Hay españoles por todos los rincones del planeta, mientras que los que aún seguimos en nuestra patria constatamos una llegada masiva de inmigrantes. la policía local ha efectuado con una diligencia asombrosa la detención y examen de una furgoneta conducida por unos individuos vestidos de una forma peculiar – hoy día este término puede dar lugar a confusiones, puesto que en el s. XXI cualquiera puede llevar su vida como quiera, incluso a la hora de trabajar, salvo en grandes empresas o si así lo establece la Ley. Pero en este caso, sin ser yo policía, me atrevo a vaticinar que en este caso la experiencia se impone a la Ley. No sé qué procedimientos han de seguir aquí, en Valladolid, pero todo parecía indicar frente a la especulación que los anteriormente mencionados eran bastante más que sospechosos: conducían una furgoneta con las lunas tintadas y sin ningún tipo de símbolo que la identificase como vehículo de empresa o particular a toda velocidad, eran rumanos – se sea rumano, ecuatoriano o marciano, da lo mismo – y, al menos en las circunstancias actuales, la policía maneja información y estadísticas suficientes como para llevar a cabo su trabajo sabiendo a qué van a enfrentarse.
Ateniéndome a la entrada anterior, debería albergar dudas, pero en este caso creo que los agentes hicieron un trabajo excelente. Sin un sólo atisbo de violencia realizaron su trabajo, teniendo que aguantar la chulería y la desfachatez de estos sujetos, auténticos despojos humanos que, tal y como están las cosas hoy, serían ensalzados en los medios como unas víctimas de una acción innecesaria debido al estado de laxitud actual que la Ley otorga al presunto delincuente por pura praxis política. Los altos mandos de la policía, necesariamente subordinados a las órdenes del Concejal del área correspondiente en la materia, y éste, a su vez del Consejero correspondiente – mientras se pueda mantener el inviable Estado que ahora mismo tenemos, dicho en términos financieros – y así hasta llegar a la cúpula, seguramente deleguen debido a su experiencia y muchas veces jugándose el futuro por lo que pueda decir un juez que entiende magistalmente del derecho pero no de la realidad de la calle, dicho todo ésto, de paso, con todo el respeto y la prudencia.
Lo único que pretendo transmitir al lector es que merece luchar por los auténticos valores: la amistad, el amor fraterno, la caridad, la solidaridad y la comprensión hacia las ideas del otro. Y todo ésto, que no resulta tan fácil de cumplir como de decir, es posible. Albert Einstein, el maravilloso genio que logró la fisión del átomo, escribió, como es bien sabido, una carta el presidente de los Estados Unidos en la que le urgía al pacifismo, como también es bien sabido por todos que preguntado por un, sin duda joven y exhultante periodista sobre una posible tercera guerra mundial, presumo que formulada esta pregunta al fin de la contienda más espantosa de la Humanidad, a lo cual el genio le respondió que no sabía exactamente, pero que la IV se libraría con piedras.
En definitiva, todo este cúmulo de reflexiones me impele a pedirles a mis lectores que hagan un sano ejercicio de pedagogía sobre aquello que hacen en sus vidas para ser mejores: porque ser mejor es aparentemente difícil dependiendo de en qué circunstancias nos encontremos, pero no imposible. Y de ahí que sea necesario luchar por ello. España ha sido una nación de supervivientes: al estar en los confines de Europa, ha soportado a lo largo de los siglos sucesivas avalanchas de diferentes pueblos, naciones y religiones, y de una manera u otra, bien ejerciendo el legítimo derecho a defenderse, bien mediante la diplomacia o bien mediante brillantes estrategias, ha navegado victoriosa hasta hoy. Por éso merece la pena que sigamos creyendo en nosotros mismos, independientemente de dimes y diretes, de guerras soterradas entre medios, políticos o poderosos. España está demostrando, una vez más, que el pueblo español, con una experiencia milenaria a sus espaldas, y en el contexto histórico actual, sabe quién es quién en este arriesgado y absurdo juego. Mi visión es que quienes dicen saber mucho del mundo como para estar autolegitimados en el Congreso deberían descender más de vez en cuando a la realidad cotidiana. Son las pequeñas cosas de cada día lo que importan, no grandes estadísticas, ni pomposos resultados ni victorias aplastantes. Es cuestión de unos mínimos que nos unen, tan fuertes, tan sólidos que ningún poder de ninguna superestructura financiera o tecnológica pueden sobrepasar.
Únicamente espero que estas líneas les hayan servido a mis lectores habituales como una reflexión de una persona mundana que trata de avivar el debate sobre el humanismo frente a la frialdad de la tecnología y el mundo moderno. Tanto si he conseguido mi objetivo como si no, me doy por satisfecho.
Damas y caballeros, el Guardián de la Libertad seguirá estando a su servicio prometiéndoles como siempre más y mejor.
























