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Suelen, en nuestro México querido, confundirse todos los términos. Durante mi reciente viaje a España nadie pudo explicarme porqué al sismo le llaman seísmo, ícono se transforma en icono –sin acento- y a los cacahuates les conocen como cacahuetes. Ahora mismo caigo en la cuenta que el corrector automático no subraya ninguna de las tres acepciones anteriores, es decir sendas se dan por válidas de acuerdo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. En la misma línea, en territorio otrora azteca, olmeca, maya y de tantas etnias oaxaqueñas y chiapanecas, suele cambiarse hasta el sentido de las denominaciones para convertirlas en lo contrario de lo postulado: como si correr significara permanecer parado.

En política la cosa es todavía más grave. Solemos poner a la par, cuál si fuesen sinónimos, a la patria, el Estado y la Nación cuando son cuestiones muy diferentes y no hojas del mismo árbol. Patria es un concepto nacionalista, Estado el territorio soberano y nación, claro, la identidad física y social entre los oriundos de una misma tierra. Pudieran encontrarse parecidos pero no son similares uno del otro y no pueden utilizarse como si de lo mismo se tratara, a menos, claro, que los jilgueros demagogos pretendan manipular a la colectividad con argumentos falaces y evidentemente mentirosos.


Igualmente suelen aparejarse la presidencia de la República y la banda tricolor a la altura de los símbolos patrios: el himno, la bandera, la campana de Dolores. Y no es así, desde luego, salvo el camuflaje oblicuo que llegó a la mayor de las cursilerías cuando calderón –minúscula- besó el escudo nacional sobre una banda que ya no le pertenecía, abusando de la distensión que él no tuvo por la vergüenza de unos comicios contaminados. No faltan quienes me insisten en escribir Peña Nieto también obviando las mayúsculas. No lo hice con Fox ni con el actual mandatario por una sencilla razón: al primero, le reconozco por haber llevado adelante una cruzada contra el PRI corruptor y hondamente viciado aunque luego no cumpliera sus promesas medulares sobre el cambio; al segundo, lo acepto –pese al dispendio oneroso que no fue exclusivo de sus operadores sino de todos los de los diversos partidos, incluyendo al acusador López Obrador quien, por ejemplo, en el Distrito Federal compró, desde hace más de seis años, a los más pobres, los ancianos y cuantos requerían de atenciones sociales-, porque, primero, ganó los comicios con una ventaja, ésta sí, irreversible y, segundo, considerando que bastó un fin de semana para lograr lo inalcanzable para su predecesor: un Pacto por México con el consenso de los tres poderes de la Unión y los representantes de los tres partidos con mayor representatividad. Fue extraño, eso sí, segregar a los minoritarios, que también cuentan, y al líder con mayor capacidad de convocatoria callejera, Andrés Manuel López Obrador que hubiera exhibido si deja la mano presidencial tendida.

Falta esperar el cumplimiento cabal de las llamadas “decisiones presidenciales” –la más difícil referida al déficit cero propuesto para 2013 sin aumentar los impuestos de acuerdo al anuncio del ya “presidenciable”, desde ahora, el “delfín” Luis Videgaray Caso, secretario de Hacienda en su faceta poco conocida de economista y no de político capaz de cabildear y acordar con los mayores adversarios. ¿Por qué no con López Obrador? Si éste se resiste, basta con ponerlo en el aparador como instigador de la subversión aunque cacaree su postura supuestamente pacifista. ¿Recuerdan, los amables lectores, lo que de él dijimos?¿De aquellos largos recorridos por las regiones más conflictivas del país sin dar cuenta de encuentros o desencuentros con los grupos de alzados que merodean por las sierras de Guerrero y Chiapas? La desesperación política es muy mala consejera… más cuando los cantos de sirena vienen de la voz de quien se presenta como el hombre de su mayor confianza: Ricardo Monreal Ávila, perdedor en los procesos judiciales en dond sus argumentos fueron tan volátiles como los fajos de billetes falsos arrojados al paso del presidente Peña.

Insisto: el primer error de Peña consistió en no aprovechar la espléndida ocasión de su discurso de investidura para llamar a López Obrador a la cordura. ¿Qué es mejor para sus seguidores: la confrontación estéril y paralizante o un pacto para sellar su compromiso con los mayores ideales de la República, la defensa de la soberanía y la urgencia del desarrollo entr4e otros? No se trata de empatías o animadversiones sino de construir una perspectiva mejor para la nación y la patria, que no es lo mismo insisto.

Y aquí viene una reflexión sobre la mayor de las confusiones: el mandatario, quien obedece, pretende ser el mandante, aquel que ordena. No es así: manda la sociedad en su conjunto, el pueblo –término que han desgastado los demagogos-, y no quien ocupa, siempre de manera perentoria –y así debe continuar-, la Primera Magistratura. Lanzarse sin consensos, cual si se tratase de una aventura, a la tarea de gobernar es como entrar a una tempestad en alta mar en una barcaza sin remos: las posibilidades de naufragio se multiplican con la vulnerabilidad de la nave que se pretende dominar entre el embravecido oleaje de los océanos.

Lo peor es negociar en lo oscurito, como tanto le gusta a Andrés Manuel. Por ejemplo, el sábado primero, aceptó concentrarse alrededor del Ángel de la Independencia para alejarse de los puntos claves para el ceremonial previsto. Y lo hizo a cambio de obviar obstáculos para la constitución del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) como partido político. La transacción se hizo a través de Manuel Camacho, René Bejarano –maestro de la simulación e inolvidable “señor de las ligas”-, y el pandillero Martí Batres. Bueno, hasta el otrora más radical del grupo, Gerardo Fernández Noroña –a quien respeto por su valor y su eterno lanzamiento hacia delante sin recovecos aunque cometa excesos en su caminar-, ha optado por irse distanciando, poco a poco, negándose al papel de mera comparsa del ícono intocable.

Lo grave del asunto es que López Obrador arengó contra la asunción presidencial, no reconociéndola pero evitando ser proclamado otra vez “legítimo” en la ilegitimidad del tumulto, y pidió las cabezas del secretario de Gobernación y de Manuel Mondragón y Kall, responsable de la seguridad pública en el ámbito federal, esto es sin dejar cabeza visible en la policía metropolitana por más que su segundo pretendiera llenar el vacío, mucho antes de que viniera lo peor: el torpe, absurdo, violento choque entre anarquistas –así se dicen cuando ya están identificados entre las dirigencias de grupos como el de los macheteros de Atenco y la APPO-, y granaderos que hacían “la tortuga” –táctica medieval para defenderse de las primeras andanadas de flechas en las luchas de asalto-, soportando una lluvia de maderas ardientes. Porque, como fue obvio, los atacantes iban pertrechados y con estrategias definidas, no se trataba de jóvenes bienintencionados sino de infiltrados con la pretensión de reventar la paz y golpear severamente la imagen de México. Lamentablemente lo lograron, por el momento.
¿Tiene culpa o no López Obrador por ello? Si Andrés Manuel exige la caía de los titulares de Gobernación y Seguridad Pública –así se denominará hasta que se apruebe en el Congreso las transformaciones del organigrama para el gabinete-, entonces debemos culparlo por posibilitar el ambiente de linchamiento infecundo en el que se transgredieron las normas de civilidad hasta convertir a una de las principales avenidas de la capital, ante los ojos del turismo amedrentado con razón, perseguir a algunos altos clérigos e incordiar a cuantos descubrían como invitados a la lectura del documento de Peña y suponerse

por encima de la ciudadanía que, en su mayoría, no está con los exaltados ni con los lópezobradoristas. El “todo México” de Andrés Manuel se reduce a no más del 32 por ciento de los votantes y uno entre cada cinco empadronados o menos; los demás, en conjunto, lo rechazan. Si de democracia hablamos debería sentir mucho respeto por quienes no concuerdan con él; si no es así, es revelación de su autoritarismo, paralelo al residencial, ahogado en su propia soberbia.

Por lo anterior es culpable. ¡Qué lástima, de verdad, porque finiquita un liderazgo histórico, necesario para el país! No pocos de quienes por él votaron se sienten simplemente usados como blindaje de los anarquistas, de los imbéciles y de cuantos creen que puede construirse algo infamando el Hemiciclo que honra al mayor de los mexicanos y es guía del propio Andrés Manuel o cuando menos eso dice, o tirando maderos y arrojando camiones de basura contra los policías quienes cumplen con su deber de evitar trances mayores pero también tienen familias a las que llevar los mendrugos permitidos por sus escasos salarios. ¿No son acaso también parte de “los mexicanos” ni deben ser considerados por sus derechos naturales?

Se han perdido las pautas otra vez. Pero se insiste en que Peña Nieto mostrará su “mano dura” en cuanto se lo proponga. Entonces, lo visto el sábado primero y las manifestaciones posteriores –absurdas porque confunden la libertad de expresión, por la que daría la vida, con el vandalismo que me repele-, pudieran ser el preámbulo, o el pretexto, para subrayar la necesidad de retornar a las antiguas costumbres autoritarias sobre lo signado en el Pacto por México.

Debate

Jaime Orosa Díaz, escritor yucateco, describió, en su espléndido relato “El Crimen del Miedo”, las causas y efectos del asesinato de Felipe Carrillo Puerto, gobernador yucateco sacrificado en 1924 bajo un clima de feroz linchamiento alentado por la entonces “Revista de Mérida”, precursora del Diario de Yucatán, perteneciente al cacicazgo informativo de los Menéndez en la península. Explicó Orosa, con precisión, que el ámbito se enrareció, notoriamente, cuando la derecha, promovida por el jerarca del periodismo, Carlos R. Menéndez, se opuso al mandatario y creó los aires levantiscos que acabaron con el fusilamiento del “apóstol de los ojos de jade” y veintitrés de sus colaboradores, incluyendo el de sus hermanos y el de Don Manuel Berzunza -el anillo periférico meridano lleva su nombre-, entonces alcalde de Mérida, en un paredón montado en el cementerio de esta ciudad ahora convertido en la Rotonda de los Socialistas Ilustres.

Lo triste de la historia es que mientras Carrillo permaneció en una infecta celda –la última del pasillo entre las crujías a donde se destinaba a los mayores criminales-, no hubo manos, ni una sola, que se alzara en su defensa; luego del horror llovieron las alegorías, las coronas de flores, los himnos patrióticos inspirados en él, la exaltación popular y el fervor político sobre los restos inermes bajo el silencio eterno. La memoria, tantas veces, atormenta y alecciona.

Escribo sobre aquel episodio para subrayar no sólo la volatilidad de una ciudadanía confundida sino lo perentorio de los liderazgos que se pierden por disputas y grescas sin sentido; también para desenmascarar a quienes instigan y después esconden las hondas con las que tiraron las primeras piedras. Así hoy Andrés Manuel y los radicales que le aconsejan seguir por el equivocado camino de la subversión verbal que es escudo y baluarte de cuantos pretenden el caos para nutrirse del poder fáctico y alcanzar la gloria del poder real. ¿Hacia dónde iríamos si los vándalos que vimos todos forman parte de esta nueva carrocería alentada por una oposición intransigente?¿Monreal, presidente?¿O René Bejarano… con el perdón de Carlos Ahumada?

No es esta la democracia que queremos la mayor parte; acaso, entre los lópezobradoristas que votaron por él en julio pasado también hay criterios contrapuestos. Los he escuchado y se sienten avergonzados por la ausencia de explicaciones y el uso irresponsable de la tribuna camaral en donde Monreal anunció un asesinato político que no había ocurrido; sólo faltó que pidiera que se inscribiera el nombre de Carlos Valdivia, el supuesto muerto, con letras de oro entre los grandes héroes de la patria. Seamos, una vez siquiera, sensatos.

La Anécdota

Cada vez aumentan quienes se preocupan, además del supuesto Apocalipsis maya –ya viene el 20 del 12 del 2012-, interpretado por mentes calenturientas para extender la angustia social de los ingenuos e ignorantes, al fin y al cabo son lo mismo, por los comunicados de grupos “extremistas”, como el que se hace llamar ERM-LN –Ejército Revolucionario Mexicano-Liberación Nacional-, en el sentido de llamar a “tomar las armas” a costa de derramar sangre hasta provocar la caída del gobierno constituido. ¿Era éste el plan alterno del guía de Morena?¿Para eso recorrió hasta el último confín de Oaxaca y Chiapas durante casi un año de parecer, como decían sus adeptos, una suerte de misionero haciendo el camino de Santiago?

Lo anterior, entonces, justifica el ansia de justicia entre la mayor parte de los mexicanos. Y no se necesita plebiscito alguno para acentuar que el propósito central es la paz, la bien cimentada y no la de los sepulcros porfirianos. En esto debe poner especial cuidado el nuevo mandatario para salvar su propia historia de la bancarrota de los genocidios en los que cayeron los perfiles de Díaz Ordaz, Echeverría… y calderón –con minúscula-, a lo largo del sexenio de la violencia.