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Siento decirlo y más escribirlo, no obstante, no sería para nada objetiva sino reconociera que 2017 ha sido el año del presidente Donald Trump, él ha impuesto de forma grosera y despiadada su particular agenda en el ámbito internacional.
A lo largo de doce meses ningún otro líder ha ocupado con mayor ahínco los focos de la prensa mundial robándose todos los editoriales, las portadas, los análisis; ha minimizado al presidente ruso Vladimir Putin que no es precisamente un político falto de carácter o de intenciones.


El inquilino de la Casa Blanca es un supremacista belicoso, quiere a toda costa una guerra porque es una forma de reivindicar el liderazgo de la Unión Americana hacia el exterior pero fundamentalmente hacia el interior de su propio país.
A la guerra acuden los patriotas, esos que están dispuestos a defender las barras y las estrellas a como dé lugar, la libertad americana, el american way of life y su particular democracia siempre amenazada, según sus líderes, por intereses ajenos si no es por el comunismo, por los árabes o bien por el ostracismo de Corea del Norte.
La CIA es una fábrica de monstruos alimentados para provocar conflictos en los que, tarde o temprano, Estados Unidos terminará beneficiándose y alterando el mapa de la geopolítica y la geoeconomía.
Basta ver el imaginario hollywoodense repleto de una creativa pléyade de amenazas a la nación americana desde extraterrestres, hasta extravagantes alliens; o asteroides desorbitados sin obviar que hasta un mono gigante puede poner en jaque a la Gran Manzana.
Toda esa carga –real y surreal- tiene como finalidad que la gente norteamericana esté siempre dispuesta a jalar el gatillo para repeler al enemigo que le quiere robar su modus vivendi.
Y el mandatario Trump curtido del manejo de las masas en los medios de comunicación conoce muy bien al norteamericano promedio y sabe también donde radican los puntos flacos de otros empresarios pudientes como él.
Al pueblo pan y circo. La imagen del magnate en Bruselas -en mayo pasado- parado en el atril, inaugurando las nuevas y flamantes oficinas de la OTAN, prácticamente pasando revista a los líderes europeos que debieron tragarse su discurso altisonante… ésa quedará para la Historia.
Trump ha ido rompiendo uno por uno los grandes consensos globales (y faltan otros más en 2018 pero de eso hablaremos en otra columna) se vanaglorió de sacar a su país del Acuerdo de París (COP21) para decirle al mundo que seguirá contaminando como siempre; se salió igualmente del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés); y aunque Estados Unidos no forma parte del Estatuto de Roma ni de la Corte Penal Internacional, Trump ordenó retirarle todas las ayudas económicas; y no olvidar, la puntilla contra el Tratado Nuclear con Irán.
A COLACIÓN
La intimidación más chocante ha sido pronunciada ante la ONU, el alicaído organismo que cada año pierde más peso específico, más respetabilidad y credibilidad como eje rector de la paz en el gran trasatlántico del multilateralismo.
Ha sido más que claro el mensaje emanado desde Washington: o están conmigo o contra mí. La propia Nikki Haley, embajadora estadounidense ante la ONU, lo dijo con todas sus letras hace unos días cuando el pleno del organismo condenó la decisión unilateral (y violatoria de los consensos y de las pláticas entre palestinos e israelíes) de reconocer a Jerusalén como capital única e indivisible de Israel.
Las reacciones ya comenzaron a darse, porque justo en Navidad, Haley anunció de forma inminente que su país recortará 285 millones de dólares del presupuesto que asigna a la ONU tanto para el balance de 2018 como de 2019.
Hay países que comenzaron a temblar rápidamente ante el vocerío de Trump porque dependen en buena medida de las remesas, de las ayudas para el desarrollo y de muchos otros programas subvencionados por las arcas norteamericanas, me refiero a Guatemala y a Honduras, que han decidido trasladar sus embajadas desde Tel Aviv hasta Jerusalén.
Va desarrollándose un juego muy peligroso en el que pueden haber muchos perdedores y ningún ganador: 2017 transpiró negativamente poro a poro un escenario prebelicista con demasiados roces entre naciones nuevamente rearmándose y aumentando sus presupuestos militares. Recordemos que la Historia nos ha enseñado que la chispa siempre la prende un loco mesiánico y prepotente.

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